Hace unos días finalizó el mundial de fútbol, un acontecimiento de índole planetaria del que durante un periodo de algo más de un mes, todo el mundo ha estado pendiente en mayor o menor medida del desarrollo del mismo. Desde qué equipos se clasificaban en la fase de grupos a quiénes eran los que pasaban de ronda en las fases eliminatorias, aumentando la expectación en las semifinales y por supuesto en la final.
Tema recurrente de conversación en las reuniones sociales, que entretiene, anima e incrementa la confraternización entre los seguidores de un mismo equipo.
El fútbol tiene esa fuerza, ese poder de identificación con unos colores, con un escudo y una bandera que no lo tienen el resto de deportes en la misma medida.
La alegría y la celebración tras una victoria es contagiosa llevándose a su máxima expresión de algarabía y disfrute. Me atrevería a decir que el fútbol, y en concreto cuando se celebran los mundiales, funciona como una válvula de escape muy eficaz para, por unos momentos, dejar de lado los problemas cotidianos que cada uno soporta y evadirse de los mismos contagiado, como he indicado antes por la alegría de la celebración conjunta tras la victoria de su equipo.
Así mismo, señalar que igualmente se lleva al extremo por parte de los más fieles seguidores el periodo de "duelo", pues tras la derrota y eliminación de su selección la tristeza y los llantos se visibilizan y el pesar se hace evidente.
El fútbol, ese deporte global que en su máxima expresión, como es la celebración del mundial cada cuatro años, es único. Un fenómeno global que une en torno a este deporte, en el que las diferencias entre los diferentes países competidores se reducen y se igualan en el terreno de juego con unas mismas normas, mismas reglas y mismo objetivo.
Resultado Final:
Campeona del Mundo 2026: España.
Subcampeona del Mundo 2026: Argentina.
3ª Clasificada 2026: Inglaterra.






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